lunes, 22 de enero de 2018
Carta de Roma
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- Por: Webmaster
Extracto de la Carta de Roma

 

Muy queridos hijos en Jesucristo:

Cerca o lejos, yo pienso siempre en vosotros. Uno solo es mi deseo: que seáis felices en el tiempo y en la eternidad. Este pensamiento y deseo me han impulsado a escribiros esta carta. Siento, queridos míos, el peso de estar lejos de vosotros, y el no veras ni oíros me causa una pena que no podéis imaginar. Por eso, habría deseado escribiros estas líneas hace ya una semana, pero las continuas ocupaciones me lo impidieron. Con todo, aunque falten pocos días para mi regreso, quiero anticipar mi llegada al menos por carta, ya que no puedo hacerla en persona. Son palabras de quien os ama tiernamente en Jesucristo y tiene el deber de hablaras con la libertad de un padre. Me lo permitís, ¿no? Y me vais a prestar atención y poner en práctica lo que os vaya decir.

He dicho que sois el único y continuo pensamiento de mi mente. Pues bien, una de las noches pasadas, me había retirado a mi habitación y, mientras me disponía a entregarme al descanso, comencé a rezar las oraciones que me enseñó mi buena madre. En aquel momento, no sé bien si víctima del sueño o fuera de mí por alguna distracción, me pareció que se presentaban delante de mí dos antiguos alumnos del oratorio. ,

Uno de ellos se acercó y, saludándome afectuosamente, me dijo:

- Don Bosco, ¿me conoce?

- ¡Pues claro que te conozco!, -le respondí.

- ¿y se acuerda aún de mí? -añadió.

- De ti y de los demás. Tú eres Valfré, y estuviste en el oratorio antes de 1870. - Oiga, continuó Valfré, -¿quiere ver a los jóvenes que estaban en el oratorio en mis tiempos? .

- Sí, házmelos ver, le contesté; me dará mucha alegría.

Entonces Valfré me mostró todos los jovencitos con el mismo semblante, edad y estatura de aquel tiempo. Me parecía estar en el antiguo oratorio en la hora de recreo. Era una escena llena de vida, movimiento y alegría. Quien corría, quien saltaba, quien hacía saltar a los demás; quien jugaba a la rana, quien a bandera, quien a la pelota. En un sitio había reunido un corrillo de muchachos pendientes de los labios de un sacerdote que les contaba una historia; en otro lado había un clérigo con otro grupo jugando al burro vuela o a los oficios. Se cantaba, se reía por todas partes, y por doquier, sacerdotes y clérigos; y alrededor de ellos, jovencitos que

alborotaban alegremente. Se notaba que entre jóvenes y superiores reinaba la mayor cordialidad y confianza. Yo estaba encantado con aquel espectáculo. Valfré me dijo:

- Vea, la familiaridad engendra afecto, y el afecto, confianza. Esto es lo que abre los corazones, y los jóvenes lo manifiestan todo sin temor a los maestros, asistentes y superiores. Son sinceros en la confesión y fuera de ella, y se prestan con facilidad a todo lo que les quiera mandar aquel que saben que los ama.

Entonces se acercó a mí otro antiguo alumno que tenía la barba completamente blanca y me dijo:

- Don Bosco, ¿quiere ver ahora a los jóvenes que están actualmente en el Oratorio? (Era José Buzzetti).

- Sí, respondí, pues hace un mes que no los veo y me los señaló. Vi el oratorio y a todos vosotros que estabais en recreo. Pero ya no oía gritos de alegría y canciones, ya no veía aquel movimiento, aquella vida de la primera escena.

En los ademanes y en el rostro de algunos jóvenes se notaba aburrimiento, desgana, disgusto y desconfianza, que causaron pena a mi corazón. Vi, es cierto, a muchos que corrían y jugaban con dichosa despreocupación; pero otros -no pocos­- estaban solos, apoyados en las columnas, presos de pensamientos desalentadores; otros andaban por las escaleras y corredores o estaban en los balcones que dan al jardín para no tomar parte en el recreo común; otro_ paseaban lentamente por grupos hablando en voz baja entre ellos, lanzando a una y otra parte miradas sospechosas y mal intencionadas; algunos sonreían, pero con una sonrisa acompañada de gestos que hacían no solamente sospechar, sino creer que san Luis habría sentido sonrojo de encontrarse en compañía de los tales; incluso entre los que jugaban había algunos tan desganados que daban a entender a las claras que no encontraban gusto alguno en el recreo.

- ¿Has visto a tus jóvenes? -me dijo el antiguo alumno.

- Sí que los veo, contesté suspirando.

- ¡Qué diferentes de lo que éramos nosotros antaño!, exclamó aquel viejo alumno.

- ¡Por desgracia! ¡Qué desgana en este recreo!

- De aquí proviene la frialdad de muchos para acercarse a los santos

sacramentos, el descuido de las prácticas de piedad en la iglesia y en otros lugares; el estar de mala gana en un lugar donde la divina Providencia los colma de todo bien corporal, espiritual e intelectual. De aquí la no correspondencia de muchos a su vocación; de aquí la ingratitud para con los superiores; de aquí los secretitos y murmuraciones, con todas las demás consecuencias deplorables.

- Comprendo, respondí. Pero ¿cómo reanimar a estos queridos jóvenes para que vuelvan a la antigua vivacidad, alegría y expansión?

- Con el amor.

- ¿Amor? Pero ¿es que mis jóvenes no son bastante amados? Tú sabes cómo los amo. Tú sabes cuánto he sufrido por ellos y cuánto he tolerado en el transcurso de cuarenta años, y cuánto tolero y sufro en la actualidad. Cuántos trabajos, cuántas humillaciones, cuántos obstáculos, cuántas persecuciones para proporcionarles pan, albergue, maestros, y especialmente para buscar la salvación de sus almas. He hecho cuanto he podido y sabido por ellos, que son el afecto de toda mi vida.

- No hablo de ti.

 

- ¿Pues de quién, entonces? ¿De quienes hacen mis veces: los directores, prefectos, maestros o asistentes? ¿No ves que son mártires del estudio y del trabajo y que consumen los años de su juventud en favor de quienes les ha encomendado la divina Providencia?

- Lo veo, lo sé; pero no basta; falta lo mejor.

 

- ¿Qué falta, pues?

- Que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama.

- Pero, ¿no tienen ojos en la cara? ¿No tienen luz en la inteligencia? ¿No ven que

cuanto se hace en su favor se hace por su amor?

- No, repito; no basta. - ¿Qué se requiere, pues?

- Que, al ser amados en las cosas que les agradan. participando en sus inclinaciones infantiles, aprendan a ver el amor en aquellas cosas que naturalmente les agradan poco, como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos, y que aprendan a hacer estas cosas con amor.

- Explícate mejor.

- Observe a los jóvenes en el recreo.

Observé. Después dije:

- ¿Qué hay que ver de especial?

-¿Tantos años educando a la juventud y no comprende? Observe mejor. ¿Dónde están nuestros salesianos?

Me fijé y vi que eran muy pocos los sacerdotes y clérigos que estaban mezclados entre los jóvenes. y muchos menos los que tomaban parte en sus juegos. Los superiores no eran ya el alma de los recreos. La mayor parte de ellos paseaban, hablando entre sí , sin preocuparse de lo que hacían los alumnos; otros jugaban, pero sin pensar para nada en los jóvenes; otros vigilaban de lejos, sin advertir las faltas que se cometían; alguno

que otro corregía a los infractores, pero con ceño amenazador raramente: Había algún salesiano que deseaba introducirse en algún grupo de jóvenes, pero vi que los muchachos buscaban la manera de alejarse de sus maestros y superiores.

- ¿Cómo hacer, pues, para romper esta barrera?

- Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el recreo. Sin familiaridad no se

demuestra el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza. El que quiere

ser amado debe demostrar que ama. Jesucristo se hizo pequeño con los pequeños y cargó con nuestras enfermedades. ¡He aquí el maestro e la familiaridad! El maestro a cual sólo se ve en la cátedra es maestro y nada más; pero, si participa del recreo de los jóvenes, se convierte en un hermano. Si a uno se le ve en el púlpito predicando se dirá que no hace más que cumplir con su deber, pero si dice en el recreo una buena palabra, es palabra de quién ama.

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